La expropiación de Bolívar

Bolívar ha sido utilizado prácticamente por todos nuestros autócratas y dictadores, por todos los grandes ladrones del tesoro público, como el gran legitimador de su poder, de sus tropelías y de sus latrocinios.

Páez fue el primero, cuando con gran pompa ordenó traer los restos del Libertador desde Colombia.

Le siguió Guzmán Blanco, quien transformó en culto semirreligioso la adoración a Bolívar. Cipriano Castro se presentó como su reencarnación y Juan Vicente Gómez fue no sólo bolivariano sino bolivarero, porque le encantaba la moneda que lleva el nombre del gran caraqueño. López Contreras creó el primer partido bolivariano, las llamadas Cívicas Bolivarianas, y Pérez Jiménez inventó una festividad particular, la Semana de la Patria, para exaltar a través de Bolívar su propia y rechoncha humanidad dictatorial. Atila, pues, no ha inventado nada. Es simplemente un eslabón más de una cadena de vivos que han pretendido mimeti- zarse tras el nombre de El Libertador para esconder sus flaquezas, pero también para diluir las miserias del presente en la memoria de una epopeya que habría sido la mejor hora vivida por nuestros pueblos y de la cual los prevaricadores que juran en vano el nombre de Bolívar pretenderían ser algo así como sus continuadores, cuando no, “modestamente”, su reencarnación. El culto a Bolívar se apoya en la fe sencilla de los venezolanos, quienes mantienen con el gran hombre una relación amable y cordial, casi familiar.

Comparte un lugar en esos altares de la religiosidad popular donde se encuentran lado a lado María Lionza, el Negro Felipe, Guaicaipuro, la Virgen María y, por supuesto, Bolívar. Sobre esa fe se monta el tinglado del oportunismo y el aprovechamiento político de la vida y hazañas de El Libertador. Pero nadie como Atila ha llevado a extremos tan delirantes la manipulación del nombre de Bolívar. Lo ha hecho a lo largo de estos once años con enorme impudicia, utilizándolo como un nada desdeñable instrumento de su poder.

Su mensaje es de una pasmosa simpleza.

Toda nuestra historia, a partir de la muerte de Bolívar, no habría sido sino una larga noche de casi dos siglos, en la cual todas las traiciones y desgracias se acumularon sobre la República hasta que llegó Él, “brizna de paja en el huracán de la revolución”, para redimirnos y llevarnos al reencuentro con la Edad de Oro de la gesta libertadora. El revival chavista del culto ha creado su propia réplica de la Santísima Trinidad. Tres divinas personas: Bolívar, Chávez y Pueblo. Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Sin embargo, nada supera hasta ahora el aquelarre de la otra noche. La apertura del sarcófago del Libertador, con aquellos exhumadores disfrazados de médicos, con los mensajes de Atila, en éxtasis, jurando que a través de sus cuencas vacías los ojos del Libertador lo habían mirado, toda aquella escenografía de pacotilla y la falsa solemnidad que se quiso imprimir al acto, batieron todos los récords de ridículo y cursilería que este régimen había implantado hasta ahora. El espectáculo no producía sino pena ajena.

Teodoro Petkoff

Fuente: INFOLATAM

La exhumación es estrategia política, dice revista Time

Ante la crisis de la economía petrolera venezolana y el hecho de que el partido socialista del presidente Hugo Chávez enfrenta una fuerte competencia en las elecciones parlamentarias que se celebrarán en septiembre, sus críticos sugieren que “revivir la idea de que Simón Bolívar pudo haber sido asesinado en Colombia podría ser una estrategia del presidente venezolano para aglutinar a sus partidarios”, indica la revista Time en un artículo firmado por Tim Padgett, en la edición del 17 de julio.

“Simón Bolívar fue el héroe más célebre de la independencia suramericana, pero falleció desdichadamente en Colombia, separado del poder, mientras las masas que lo habían adorado lo tildaban de tirano”, señala Time. Esto permite explicar el porqué, aunque siempre se dijo que Bolívar había muerto de tuberculosis, “varias teorías sobre conspiraciones rodean su deceso”.

Según la nota, el mandatario “nunca ha podido aceptar la idea de que Bolívar haya muerto de causas naturales”.

En una conferencia realizada el año pasado en la Universidad de Maryland, un médico estadounidense sugirió que Bolívar murió por envenenamiento con arsénico. Desde entonces, Chávez comenzó los trámites para exhumar los restos del Libertador con el fin de demostrar la hipótesis. “Durante años he tenido la convicción en mi corazón de que Bolívar no murió de tuberculosis. Creo que lo asesinaron”, declaró Chávez.

Tras la exhumación de los restos de Bolívar, el pasado 16 de julio, expertos forenses venezolanos realizarán pruebas de ADN, rayos-X y otros análisis para determinar si la teoría del envenenamiento es cierta. “El problema es que les resultará muy difícil demostrar que Bolívar fue asesinado o que murió como consecuencia de algo más que la ignorancia médica del siglo XIX”, indica.

Sin embargo, los partidarios de Chávez señalan que el Presidente tiene razón al buscar una explicación para la muerte del héroe venezolano.

Según Time, “los chavistas tienen un punto a su favor si tomamos en cuenta el tiempo y la meticulosidad con la que expertos estadounidenses han estudiado la muerte de algunos de sus héroes, como Abraham Lincoln”. No obstante, así como los estadounidenses han aceptado verdades incómodas sobre Lincoln, como el hecho de que emancipó a regañadientes a los esclavos, “los chavistas harían bien en aprovechar la exhumación de los restos de Bolívar como una oportunidad para reflexionar sobre la compleja personalidad del Libertador y en especial el hecho de que terminara traicionando los ideales democráticos que había promovido originalmente”, sostiene Time.

Fuente: eluniversal.com

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