Dilma Rousseff: los desafios de una conquista

Desde la elección de Dilma Rousseff, la mayoría de los analistas políticos y económicos se esfuerza por identificar los elementos de continuidad y de cambio en su futuro gobierno, respecto al de su predecesor y padrino, el presidente Lula. Es un buen punto de partida, siempre que se evite la tentación de mirar al futuro con los dos ojos puestos en el espejo retrovisor. Basta con mantener un ojo en ese espejo y el otro en los elementos que componen un marco de cambio y que imponen una modificación en el rumbo tanto desde el punto de vista económico como político.

Las expectativas de la población son de continuidad, ancladas en un voto de confianza, y manifestadas en las últimas encuestas de opinión. La confianza en que ejercerá un buen papel al frente del Gobierno, con un respaldo del 70%, se debe a su identificación con el Gobierno de Lula, más que al conocimiento de las propuestas de la entonces candidata – una identificación gestada durante más de dos años. Esa expectativa es reforzada por otros factores. Por un lado, los índices inéditos de popularidad de Lula y de aprobación de su Gobierno (87% y 82%, respectivamente).

Por otro, su presencia avasalladora en los medios de comunicación y la enorme publicidad que se ha dado a cada acción de su Gobierno, pautada por una retórica política ambigua sobre su papel futuro. Las conquistas socioeconómicas observadas en los últimos años definen la característica dominante de esas expectativas: la aceleración del crecimiento económico en condiciones de estabilidad; la incorporación de 30 millones de consumidores a las nuevas clases medias; los 13 millones de familias rescatadas de la pobreza por el programa Bolsa Familia. En ese escenario, uno se pregunta si esa apuesta por la continuidad tiene fundamento y, en caso afirmativo, en qué condiciones?

A juzgar por los elementos de cambio en el escenario doméstico e internacional, la respuesta positiva depende de que dos desafíos sean administrados conjuntamente. Primero, una corrección del rumbo de la economía, cuyos costes políticos domésticos son significativos, pero administrables. Segundo, llevar a cabo esa corrección de rumbo en la economía sin alienar el apoyo político-partidario de la coalición electoral heterogénea de 11 partidos, del cual depende la formación de mayorías en el Legislativo. Para conseguir el éxito, será importante arbitrar la intensa competencia entre el partido de la Presidenta, el PT, y el del Vice-Presidente, Michel Temer, que se extiende no solo a los altos cargos, los 37 ministerios, sino sobre todo al control de las empresas estatales y de los bancos públicos.

A juzgar por la composición del primer escalón, y algunos nombramientos en el segundo, es evidente el aumento de la concentración de poder en manos del PT – 17 ministerios, contra 6 del PMDB – de los que más concentran recursos políticos y presupuestarios. Eso, a pesar de que el PMDB se haya unido a la coalición electoral pro-Dilma desde el principio, al contrario de lo que ocurrió en las elecciones de Lula. Esas opciones profundizan en una distorsión característica del sistema político brasileño, es decir, el espacio de poder del PT es significativamente mayor que su representación electoral, que no supera el 20% del Legislativo.

El desafío político de la nueva Presidenta consistirá en compatibilizar dos objetivos en conflicto: la consolidación del PT como partido dominante en el Gobierno, por un lado, y por otro, el objetivo de construir mayorías efectivas en la Cámara y en el Senado, para apoyar los proyectos del Ejecutivo. Aunque cuente con mayoría formal en ambas casas del Legislativo, la nueva Presidenta no tendrá a su disposición tan fácilmente los dos recursos de los que se valió su antecesor para administrar nuestro “presidencialismo de coalición”: crecimiento acelerado y condiciones óptimas de estabilidad económica.

En el contexto actual, se imponen dos correcciones de rumbo desde el punto de vista de la Economía. La primera, la continuidad del buen desempeño de la Economía y de las expectativas pertinentes, así como la credibilidad hacia los inversores, depende de una mayor disciplina fiscal, debido al deterioro de las cuentas públicas, y del no cumplimiento del superávit primario – la mala noticia de fin de año.

Segunda, la reversión de la tendencia al alza de la inflación cuyas causas son múltiples y por tanto, difíciles de administrar. Es decir, el aumento de la demanda es desproporcionado con respecto a la oferta, especialmente para los gastos corrientes del Gobierno; el sub-aprovechamiento de los recursos ya destinados para inversiones públicas, de los cuales apenas el 26% fueron gastos; el aumento de los precios de las materias primas y de los alimentos en escala global, tendencia estructural, que vino para quedarse.

En ese contexto, las tensiones internas en la coalición gubernamental deberán aumentar y exigir no solo una redefinición de las prioridades del Gobierno de Dilma, también una gran capacidad política para redistribuir, sin prisas, las penalidades y los privilegios que implica ese tipo de corrección del rumbo.

Fuente y autora: Infolatam. Lourdes Sola

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