Chile y la nueva derecha

).- Sebastián Piñera es otra cosa. La frase se oye en los círculos políticos que en Europa y América miran más allá de las fronteras nacionales. La irrupción en la presidencia del chileno que cursó una exitosa carrera empresarial confirma la excepcionalidad del personaje. Y no sólo dentro de su vecindario, cuestión ésta que ha venido distinguiendo durante los dos últimos decenios a los gobiernos chilenos, lo que no siempre les ha granjeado simpatías en el Continente.

El personaje que ayer llegó a Madrid en visita de Estado tiene muy poco que ver con el prototipo del político previamente rodado en el mundo de los negocios y generalmente enriquecido. Ninguna relación con el expresidente Fox en Latinoamérica, yaún menos con el esperpento europeo que sigue al frente del gobierno italiano.

No, Piñera es un liberal moderno; un político tan conservador como consciente de hasta dónde puede llegar el liberalismo en los países en desarrollo. Un demócrata convencido de que el Estado es la palanca para reequilibrar las desigualdades en países con un 30% de su sociedad en situación de pobreza.

Ganó la presidencia contra una Concertación de socialistas y democratacristianos que llevaba veinte años en el poder. La corrupción que suelen generar situaciones análogas en cualquier gobierno del mundo fue un peldaño hacia la presidencia que, ciertamente, pudo compensar el tufo pinochetista de parte de los miembros de su Alianza por el Cambio.

Pero, sobre todo, los gobiernos tildados de centro izquierda había agotado la paciencia de la mayoría del país, harta de soportar promesas insatisfechas durante veinte años en cuestiones vitales como acabar con la pobreza, la sanidad, la vivienda y sobre todo la educación. En esta última radica la causa de la dualidad que se manifiesta en gran parte de la América Latina. Santiago, como las capitales de México o Argentina muestran simultáneamente imágenes propias de los países más desarrollado y la cara más dura de la miseria del tercer mundo. Situaciones de lacerante injusticia que perpetúan las barreras educativas. No es extraño pues que para el presidente chileno la educación constituya arma fundamental para la lucha contra la pobreza y potenciar las capacidades de desarrollo del país.

En una entrevista que el domingo publicaba El País, Piñera lamentaba gráficamente que “en América Latina basta ver la calidad de la cuna para poder predecir cómo va a ser la calidad de la tumba”.

Como decidido emprendedor, nimbado por el éxito e instalado entre las primeras fortunas del país, el personaje acumula tanta admiración como rechazo, índices que andan bastante parejos en las últimas encuestas de Adimark. Pero en el fondo, la mayoría aún parece sentirse en manos de un buen gestor, atributo que contó sobremanera en su confrontación con el expresidente Frei por la Presidencia.

Esa misma capacidad para enfrentar situaciones le está brindando en su política exterior capacidades superiores a las que la dimensión de su país ofreció a sus predecesores. Llega a España procedente de Israel y Palestina, donde ha reiterado su apuesta por un Estado libre palestino al tiempo que reclamaba fronteras seguras para el israelí. Y desde aquí despejó del terreno de juego el regate en corto con que el caudillo venezolano ha tratado de entrar en la guerra civil que asola Libia. ¿O se trataba lo de Chávez de una mera añagaza para consumo interno en su empobrecido país?

Piñera ha puesto en funcionamiento un amplio abanico de cuestiones. Si consigue superar las fundamentales los conservadores renovarán dentro de tres años el alquiler del palacio de La Moneda.

Fuente y autor: Infolatam. Federico Ysart

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