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15 abril 2011


Buscan a sus familiares con la esperanza de que estén vivos

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La tarde que abordó el camión que lo llevaría a Matamoros, Gerardo Martínez estaba algo nervioso, pero lo animaba el hecho de que, ocho meses después, a su regreso, tendría dinero suficiente para construir la casa donde viviría con su esposa y su pequeño hijo. “El plan era asegurarle un futuro al niño”, dice su mujer. “Y pienso que eso ya no va ser… ¿Por qué esa gente los mata sin piedad?”.

Isabel Vargas Ibarra tiene 21 años. Vivió casi tres de ellos con Gerardo, de 20. En 2009 tuvieron a su hijo y en febrero de este año decidieron unirse en matrimonio. Hubo fiesta a la salida de la iglesia, en la comunidad de Valenciana Yóstiro. Unos días después, comenzando marzo, el tío de Isabel, Armando Vargas, llegó con la noticia del viaje a Misuri: el patrón con el que trabajaba desde hace ocho años había aceptado llevarse a Gerardo con una visa temporal.

“Nos pusimos contentos. Sabíamos que el señor era un buen patrón porque mi tío llevaba ocho años con él y mi hermano tres. Por eso Gerardo se animó a pedirles que le preguntaran si podía irse con ellos en la siguiente temporada y el patrón dijo que sí, que se fuera con mi tío y con mi hermano”, cuenta Isabel, quien está sentada a espaldas del puesto familiar en el que venden fresas con crema.

Armando Vargas, de 38 años, invitó también a otro sobrino suyo llamado Juan Rosales, de 20 años. El hermano de Isabel, Luis Alberto Vargas Ibarra, de 19 años, fue quien más animó a su cuñado Gerardo para que se empleara como jardinero.

Gerardo trabajaba despachando gasolina en una estación cercana a su comunidad, compuesta por 105 familias, de las cuales todas tienen al menos a uno de sus integrantes en Estados Unidos, dice Daniel Vargas, abuelo de Isabel y delegado de Valenciana Yóstiro.

Los cuatro abordaron un camión de la línea Futura a las cinco de la tarde del domingo 27 de marzo. De acuerdo con la ruta de viaje, arribarían a Matamoros a las ocho de la mañana del día siguiente. Allí los recogería otro empleado del contratista estadounidense y los alojaría en un hotel para que a la mañana siguiente acudieran al consulado a tramitar la visa temporal.

Ese trabajador llamó poco después de las ocho de la mañana del lunes 28 y preguntó a una de las hijas del delegado si los cuatro habían abordado el camión, porque ninguno de ellos arribó a la hora indicada. El dato sumió a la familia en un estado de angustia que había nacido desde la madrugada, cuando Gerardo, quien llevaba celular, dejó de responder llamados.

“Creíamos todavía el lunes que no había señal de teléfono, o que se cortaba durante la noche, cuando le llamamos, porque iban en carretera. Pero cuando nos avisaron que no habían llegado a la terminal de Matamoros sentimos que algo malo había pasado”, cuenta Isabel.

Aun así decidieron esperarse unas horas, creyendo que los cuatro pudieron ser víctimas de una detención policial equivocada. La noche del lunes, tras varios intentos, el celular de Gerardo comenzó a timbrar. Quien marcó fue otro hermano de Isabel. Le respondió un desconocido, quien le dijo que “dejara de chingar”, para luego colgarle.

“Mi hermano alcanzó a escuchar risas de muchos hombres, y música fuerte”, dice Isabel. “Y volvió a marcar, pero ya habían apagado el teléfono”. Ahí confirmaron que los cuatro estaban en poder de desconocidos.

A la mañana siguiente, Daniel Vargas acudió a la agencia local del Ministerio Público a poner la denuncia por la desaparición. La agencia ordenó una investigación inmediata y el miércoles pudieron localizar al chofer del Futura en la ciudad de México.

Lo que les dijo el operador coincide con versiones de otros choferes a los que también detuvieron civiles armados para secuestrarles a una parte de los pasajeros: la unidad fue detenida al llegar a San Fernando, tres horas antes de alcanzar Matamoros. Subieron hombres armados y tras una inspección ordenaron bajarse a Gerardo, Luis Alberto y Juan. El tío de Luis Alberto, Armando Vargas, quedó en el camión, pero cuando vio que iba a reanudar la marcha bajó para indagar la suerte de los tres. El chofer declaró al MP que también fue retenido.

En tres semanas es todo lo que saben. Únicamente fueron llamados por las autoridades en días pasados, cuando fue descubierto el cementerio clandestino. Les tomaron muestras de ADN y las enviaron a Tamaulipas para cotejarlas con las de los cuerpos exhumados.

“No nos queda otra más que esperar”, dice Isabel. “He tratado de estar tranquila por el bien de mi hijo, pero hay días que no aguanto y me pongo a llorar… ¿Cree que los hayan matado?”.

En el centro de Irapuato, María del Tránsito Martínez, madre de 45 años de Gerardo, intenta comer algo en un pequeño restaurante, pero desiste. “No puedo, me duele el estómago”, dice al borde del llanto.

Lleva 15 días malpasándose. “He llamado a los de la empresa de camiones para que me digan más, pero me dicen que no saben nada y que si quiero recuperar las cosas de mi hijo tengo que ir a la terminal de Matamoros. ¡Pero yo no quiero sus cosas, yo lo que quiero es saber qué pasó con mi hijo, dónde está!”.

En Valenciana Yóstiro, las hermanas de Armando Vargas tienen minada la esperanza. En el fondo creen que nunca más volverán a verlos.

Gerardo, Luis Alberto, Juan y Armando fueron despedidos frente al mismo puesto de fresas donde Isabel y las hermanas Vargas ofrecen la entrevista. Fue una despedida, dice Ángeles, la menor de las Vargas, muy diferente a las demás.

“Nunca habíamos llorado, ni ellos. Y esa vez lloramos, sentimos mucha tristeza. Pienso que fue un presentimiento”.

Fuente el Universal


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